Fundamento de la respuesta Pastoral: “La misericordia”

Para empezar este itinerario de formación pastoral para el camino parroquial, es necesario poner de manifiesto el fundamento de toda respuesta pastoral-eclesial. Es lo que justifica y da consistencia a lo que hacemos y queremos hacer como comunidad que quiere vivir el evangelio. En ese sentido, aclaramos que nuestra respuesta es desde una parroquia situada en el barrio y considerada como “casa entre las casas” (esto vale también para las capillas). Por eso, nos impulsan y desafían las palabras del Papa Francisco al abordar la “dimensión social de la evangelización” en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG 177-258): “Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos.” (EG 207). Iniciamos entonces, esclareciendo que queremos ser una parroquia que “incluya a todos” y que no tienda a la “disolución”[1], como nos dice Francisco.   

Para esto, es necesario reconocer que estamos llamados a una conversión personal y comunitaria, por eso no podemos soslayar el enfoque teológico-antropológico que nos ayuda a mirar desde una perspectiva particular. Es importante ponerlo de manifiesto, ya que se encuentra intrínsecamente involucrado en nuestras maneras de contemplar, sentir, pensar y sacar las conclusiones que nos llevan a abordar acciones tendientes a responder a la realidad de nuestra gente en su conjunto y respecto de los distintos aspectos que hacen a la vida en los barrios. Reconocer ese enfoque y volvernos una y otra vez a él nos va a ayudar a profundizar nuestra conversión y nos va a orientar en la búsqueda de las respuestas que la realidad de la evangelización vaya desafiando a futuro.

En ese sentido, afirmamos que: ningún proyecto o proceso pastoral puede llevarse a cabo, sin el fundamento de la misericordia de Dios (Ver Misericordiae Vultus) manifestada en Cristo (Cfr. Rm 8, 35-39). El proceso debe partir de la misericordia como principio rector, organizando a la comunidad para que la viva y comunique creativamente. Todo camino pastoral tiende a organizar una comunidad. Apuntamos a vivir una “comunidad organizada” desde y para la misericordia. Pretendemos distribuir los recursos, los tiempos y espacios misericordiosamente. Pretendemos organizarnos para prevenir y acompañar a los que sufren vulnerabilidades de distintas maneras (adicciones, violencias, soledad, falta de trabajo, etc). Cabe aclarar que “organizar” no es sinónimo de “estructurar”. No queremos tener una comunidad que está llena de horarios y orden meramente humano (Marta) sino una comunidad que destina todas sus energías a amar (María). Tomamos el ejemplo de Marta y María porque ellas son del grupo íntimo de Jesús. Son discípulas de Cristo y se ubican entre sus seguidores, pero esto no significa que no deban seguir convirtiéndose; por este motivo, creemos que pueden ser signo de nuestras comunidades:

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude». Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada». (Lucas 10, 38-42)

Este fragmento del Evangelio de Lucas, nos pone en contacto con una corrección cariñosa de Jesús hacia su amiga. Marta, que ha recibido a Jesús en su casa, está también llamada a recibirlo en su corazón; sin embargo, está ocupada en sostener el orden que ella misma ha creado y en el cual se siente segura, desde el cual dirige y maneja la vida de los demás. A ella le preocupa mantener y sustentar ese orden porque siente como amenaza cualquier cambio en él. No está abierta a dejar que la presencia del otro (cualquier otro), le afecte la vida y le cambie los planes, su orden es autorreferencial. En cambio, María prioriza a la persona y deja que el Otro (Jesús), con su vida e historia le altere la existencia y cambie sus esquemas. María se “organiza” para encontrarse “con” y acompañar “a” Jesús que ha venido a su encuentro, su “orden es referido a la persona de Jesús”[2]  Marta está “estructurada” para sostener su falsa imagen y servir desde ahí. Confunde servicio con sostenimiento del orden; esto agita e inquieta su corazón. No hay maldad en su opción, hay confusión. Sin embargo, Dios habla en el “caos” que instala el drama existencial del hermano en medio de nuestras vidas estructuradas y seguras[3]. Quizá sea esto lo que debamos revisar en nuestras parroquias, escuelas y ámbitos pastorales a la hora de proponernos vivir la “cultura del encuentro” que nos propone Francisco. Es por esto, que el proceso de renovación debiera organizar y no estructurar nuestras comunidades. Podemos decir que el drama de la vida de nuestros niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, de los que sufren, es para nosotros una invitación a responder[4]: ¿Lo haremos cómo Marta o cómo María? ¿Nos autoafirmaremos en nuestros órdenes autorreferenciales o dejaremos que el caos y la complejidad del sufrimiento y la vida “del prójimo” nos organice la vida eclesial desde la misericordia y la compasión?

Es oportuno destacar que Marta en su planteo tiende a “dialectizar”[5] la situación. Eso ¿qué significa?: tiende a interpretar los hechos y los acontecimientos buscando opuestos. Podríamos decir que Marta piensa así: “María con su comportamiento se opone a mi orden, por lo tanto,  María debe cambiar”. Marta busca ganar a Jesús como aliado en este intento de cambiar a María. Pretende asimilar a su hermana a su propio comportamiento. Obviamente que él no entra en el juego, aunque hay muchos que si lo harían. Aclaramos, nuevamente, que esto constituye una confusión en Marta y no una mala intención, quizá fruto de su educación o de su cultura o por ser la hermana mayor, no lo sabemos. Simplemente ponemos de manifiesto que Jesús la está invitando al encuentro, y ella, fruto de su manera errónea de concebir el servicio, no se está abriendo a la invitación del Señor. Interiormente, Marta está enojada con María, vive en la violencia. El otro es una amenaza y debe asumir mi orden para dejar de serlo. La misericordia, en cambio, nos lleva a superar las miradas “dialectizantes”[6]. Vemos el ser y la vida como tal. Ni yo ni el otro nos definimos cómo opuestos, sino como hermanos. Todos somos personas, todos tenemos vida, todos somos parte de la gran familia humana. Las miradas dialécticas son fruto de la injusticia que hemos construido los hombres. Dios no mira dialécticamente la realidad. A él no le interesa sostener un orden sino que viene a traer el Reino de Dios. Irrumpe en nuestra historia y nos desordena la vida para ordenarla desde su presencia. Este puede ser el sentido de la respuesta que, el mismo Jesús, da a sus discípulos cuando le preguntan ¿por qué enseña en parábolas?

“Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure». Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.” (Mateo 13, 10-17).[7]

 Dios se hace “presente” en Jesucristo y nos invita a “escucharlo, verlo y reconocerlo”; esa misma invitación se nos hace hoy en los que tiene hambre y sed, en los que están desnudos y presos (cfr. Mateo 25, 31-46). Convertirnos es prestar atención con nuestros ojos y oídos, acogiendo en nuestro corazón esa presencia y ese orden querido por Dios, que no es otro que el orden que introduce el amor. Ningún proceso pastoral puede darse sin esta apertura básica al encuentro con el otro, desde los pequeños gestos y palabras de amor. Esto podemos comprobarlo en la historia de la Iglesia. Los salesianos, por ejemplo, comenzaron en el pequeñísimos oratorio, que no era otra cosa que el mismo Don Bosco jugando y estando con los niños; el franciscanismo, a nuestro criterio, se expresa claramente en la desnudez y en el abrazo fraterno de Francisco al leproso. Siempre hay un encuentro, sobre todo con los más desprotegidos, en el origen del Evangelio, sino miremos al niño envuelto en pañales en el pesebre, el encuentro entre Dios y los hombres en la humanidad frágil del niñito. Esta es la buena noticia que podemos dar como Iglesia: abrirnos al encuentro misericordioso con los que sufren y organizar nuestras comunidades desde y con ellos.          

Bien, traigamos la vida para que nos interpele. Dejemos que la vida entré en nuestras parroquias, escuelas e instituciones. El Papa Francisco le dijo a los integrantes del Hogar de Cristo, cuando se inauguró: “Hay que recibir la vida como viene”. No les dijo: “como debiera venir”, sino “como viene”. El Padre Charly[8], cuando nos visitó en Córdoba, lo explicaba diciendo: “si un jugador de futbol recibe una pelota o un pase mal dado, no hace detener el partido para pedirle a su compañero que la tire bien. Agarra la pelota como viene y trata de hacer lo mejor que pueda con ella en función del juego colectivo.”  Este ejemplo, tan claro para nosotros argentinos y futboleros, nos sirve para captar de qué estamos hablando. Estamos llamados a recibir la vida como viene y aceptarla cómo es, buscando los caminos que animen la esperanza de ganar el partido.

En este sentido, hay un hecho que irrumpe en nuestros barrios y comunidades: la familia sobre la que se asienta la dinámica social difiere demasiado de la familia que tenemos en nuestra mente; esto, en sentido amplio. Nuestros proyectos pastorales, generalmente, se asientan sobre el supuesto de que la familia realiza un trabajo y nosotros otro complementario. Lo cual debiera ser cierto, pero no es del todo real. La familia que debiera ser no es la real. Al no encontrarnos con lo que “debiera ser”, nos encerramos sobre nuestro orden ideal, dialectizando las cosas y dividiendo “fariseamente” la mirada que tenemos sobre la sociedad. Volviendo sobre las experiencias de familia concretas, percibimos que la gente en sus casas hace lo que puede, que los jóvenes no están teniendo el fundamento sólido del amor de hogar que suponemos han recibido desde niños. Se dan nuevas configuraciones que no alcanzan a constituir una experiencia significativa que les haga contar con lo básico, humanamente hablando, para afrontar la vida. Se produce entonces una “grieta existencial” que deberá ser llenada con algo o alguien ¿Será esa la grieta en la que se instala la adicción? (podríamos preguntarnos ¿Quién de nosotros no tiene una “grieta existencial”?). De esta manera, todas las instituciones nos encontramos desafiadas a repensarnos desde esta realidad. Es fundamental reconocer este fenómeno, ya que desde aquí surgirán las preguntas que debamos hacernos a la hora de proponernos un proyecto pastoral. Cuando nos encontramos con la realidad de la familia, es decir: con las personas que han crecido y vivido en las familias reales, cuando nos encontramos con la vida de los hermanos que son fruto de estas familias, se nos desbarajusta todo. Y, ante el desbarajuste, podemos tener la actitud de Marta (conservar el orden y dialectizar la realidad) o asumir la actitud de María y reordenar nuestras vidas en función del otro que viene a nuestro encuentro. Se podría tomar también, la parábola del “Buen Samaritano”[9], tan conocida:

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?».

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.

Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: «Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver».

¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?». (Lc. 10, 29-36).

El sacerdote y el Levita siguen su camino, “miran y no ven”, “tienen el corazón endurecido” no aceptan el desorden que les propone la situación del hermano al borde del camino, en cambio, eligen sostener sus tiempos y espacios. El Samaritano, dejándose “conmover”, si lo acepta y emprende una serie de acciones tendientes a ayudar y responder a la situación de vida del hombre maltratado. Revisa sus tiempos y espacios en función de la respuesta que está llamado a dar en ese momento.

En síntesis: no podemos pedirle a las personas que vengan con una experiencia familiar perfecta, porque nadie la tiene, sino que estamos llamados a ofrecer a nuestros hermanos, y vivir nosotros también, el calor de hogar necesario para descubrir nuestra y su propia humanidad. Las comunidades están llamadas a ser experiencias de familia, en las que se recibe al otro como viene y se lo hace sentir como en casa, y si no viene se pregunta por él y se lo va a buscar para que se siente a la mesa.[10] Escuchar a los hermanos, que han pasado por situaciones de consumo y adicción extrema, relatar el cambio que ha significado en sus vidas el amor de otros manifestado en la paciencia, constancia, perdón, atención, preocupación y cercanía es muy impactante e iluminador. La imagen del abrazo que todo lo sana es quizá la más explicativa. El proyecto sigue siendo el mismo de siempre para la Iglesia: hacer de la humanidad una gran familia[11]. Esto, que vale para toda la Iglesia, ha de realizarse en las parroquias, escuelas y demás comunidades que hacen a la concretés y encarnación de la Iglesia Universal.

Las preguntas que nos haremos, sin dejar de ser lo que somos (no somos el estado, no somos el centro de salud, no somos la familia biológica, etc.) podrían ser: ¿Cómo hacemos para que este niño, adolescente o joven (el real) tenga una experiencia de humanidad, en nuestra parroquia, que le signifique motivos para vivir? ¿Cómo hacemos para que experimente la ternura y la firmeza del hogar, necesarias para pararse en su propia historia? ¿Qué podemos ofrecer a los jóvenes del barrio? ¿Estamos ofreciendo la misericordia? ¿Cómo podemos hacerles sentir que nos importan ellos en sí mismos y no que se “porten bien”? ¿Somos conscientes de las veces en las que nos gana la “dialéctización” que nos lleva a la disolución y a la división?

Consigna para trabajar:

Ver videos:   

  • En la presentación: conformamos grupos de trabajo. Con integrantes de distintas comunidades. Leemos el texto y nos sacamos las dudas entre todos. Ponemos un día para encontrarnos y trabajar las demás consignas.
  • Padre Rossi: La Misericordia en el pensamiento de Francisco. La misericordia como proyecto pastoral. Charla filmada.
  • Hno. Omar: El abrazo de Francisco al leproso: la misericordia en acción y el encuentro fraterno como fundamento del proyecto pastoral. Charla filmada
  • Compartimos pareceres en el grupo de trabajo y hacemos una presentación grupal. Enviar por correo electrónico: pablocesarviola@hotmail.com

Términos: Parroquia, Misericordia, Comunidad Organizada, Familia, dialectizar, Encuentro, Servicio, Oratorio, Leproso, San Juan Bosco, San Francisco de Asís.

Textos bíblicos: Lucas 10, 38-42 (Marta y María), Mateo 13, 10-17 (Parábolas), Lc. 10, 29-36 (Buen Samaritano).

Magisterio: Evangelii Gaudium (Papa Francisco), Misericordie Vultus (Papa Francisco), Fratelli Tutti (Papa Francisco).


[1] EG 59: “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.” 

[2] Oración atribuida a San Francisco de Asís.

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

[3] Cf. Mt. 25, 31-46: “Lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicieron”

[4] Apocalipsis 3, 20: “mira que estoy a la puerta y llamo, si me abres entraré y cenaremos juntos.” Lucas 16, 19-31: parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

[5] No utilizamos el término en el sentido de la lógica filosófica, sino referido a la tendencia mental de buscar opuestos que tanto mal le hace a la vida de pueblo. Al respecto podemos ver: FT 4 y 215. Para profundizar ver: http://hogardecristo.org.ar/videos/encuentro-2-antropologia-cristiana-hugo-ortiz/?hilite=%27hugo%27%2C%27ortiz%27

[6] FT 281: “Entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Porque «Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la tierra para poder ver las cosas como son, ¡nos vamos a llevar cada sorpresa!».”

[7] Cfr Lucas 19, 41-44.

[8] Padre Carlos Olivero, Cura Villero.

[9] Cfr. FT 56-86 (Anexo 1 del módulo 1)

[10] Ver:  http://hogardecristo.org.ar/2019/01/28/discurso-del-papa-francisco-en-la-vigilia-con-los-jovenes-de-la-jmj-panama-2019/?hilite=%27comunidad%27%2C%27organizada%27. Este mensaje fue trabajado en la Asamblea 2019 de nuestra comunidad.  

[11] EL Papa Francisco acaba de publicar una Carta Encíclica llamada Fratelli Tutti, en la que pone de manifiesto el llamado a reconocer que somos (la humanidad toda) una gran familia y nos invita a trabajar para construirla día a día. En la oración parroquial pedimos:

“Danos un corazón alegre y gozoso

de ser hijos de un mismo Padre,

capaz de reconocer un hermano

en cada una de las personas

que habitan nuestros barrios”